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¡GRACIAS, OMERO!

POR: ALFREDO RAMÍREZ

Hombre inquieto, extrovertido y fuera de serie, Omero González fue un parteaguas en la enseñanza del tenis en Monterrey.

El hombre de larga barba y siempre vestido de blanco falleció, pero dejó un legado que será recordado a través de los años al romper estereotipos y provocar que el tenis no solamente se jugara en las altas esferas de la sociedad, sino que lo practicaran también niños de escasos recursos.

Loco, excéntrico, pintoresco, polifacético y controvertido, Omero dejó un legado incuestionable, desde jugadores de calidad, como Alfonso “Chiquirringo” González y Eduardo Vélez, hasta entrenadores y miles de nuevos seguidores del tenis.

De hecho, la historia del tenis en Monterrey no podría explicarse sin la participación de Omero, quien con su forma de enseñanza fuera de los estándares en las épocas de los 70, despertó un interés nunca antes visto.

Omero hizo de todo con tal de enseñar tenis, desde improvisar canchas en una pista de aterrizaje en San Pedro, hasta hacer labores de limpieza en el Club Avispones con tal de que lo dejaran construir una cancha y enseñar.

“Como ser humano y hombre inquieto tienes que sacar esas inquietudes a base de metas y ocuparte de hacer el bien a los demás, entonces yo descubrí que clases ya se dar, pero había un vacío de indagar entre los niños pobres.

“Durante toda la vida los profesores dan clases a niños ricos y todo ese campo ya está explorado, y ahora no me queda más que enfocarme a esto”, me dijo Omero en una entrevista que le hice.

Omero tuvo su primer contacto con el tenis en el Ejército de Estados Unidos, donde jugaba a lo “loco”; después estudió fotografía en Los Angeles Trade Tech College, donde era el mejor jugador del equipo.

En los 60 se alejó del tenis para dedicarse a la música, pero en 1970 empezó una relación con la que ha vivido todo tipo de aventuras.

Empezó con la enseñanza del tenis en 1970 en las canchas del Campo Militar y en el Casino del Valle, en San Pedro, y por sus clases pasaron infinidad de alumnos, desde niños hasta altos empresarios.

Después pasó a la Quinta González, luego al Club Avispones y posteriormente improvisó 10 canchas en una pista de aterrizaje del Aeropuerto San Agustín que estaba en desuso ubicado frente al Campestre Monterrey, club al que llegó en 1974.

Un año después, Agustín Gómez Welsh construyó seis canchas públicas a un lado de la Avenida Las Torres y lo invitó a asociarse para que diera clases.

En 1977 llegó a Nova, donde descubrió a Eduardo Vélez, uno de sus alumnos más destacados que llegó a ganar Wimbledon juvenil en 1986.

En 1983, Omero se alejó de Monterrey por cuestiones de salud y regresó en 1992 después de conseguir que la Comisión Nacional del Deporte le cediera siete canchas en el Centro Tenístico Nuevo León para impartir clases sin costo a niños de escasos recursos.

Esa fue su última aventura, de las tantas que vivió con el objetivo de cumplir su mayor anhelo, que era la enseñanza del tenis.

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